Arqueología del recuerdo

El tiempo es un chasquido de dedos

y mirar sus estratos, fósiles

de color deshilachado,

es asomarse a un equipaje deshecho,

excavar en el desorden de la memoria

donde anidan los pájaros de hoy.

 

¿Recuerdas las grietas en la cueva,

los gemidos apenas iluminados por los rescoldos del día,

el blanco de los ojos como estrellas nuevas

que con su temblor defendían la presunción de inocencia?

¿Recuerdas las ásperas manos de la noche

abrazando nuestras sombras, el futuro

protegiéndose de los pasos silenciosos del presente?

Sexo y vida,

vida y muerte, eso era todo:

pulsiones decorando la bóveda

de un tiempo aún por inventar.

 

Pero ahora nada ha cambiado.

Entre ladrillos y cemento,

entre cristal y acero

nos descerraja el viento

tachuelas plateadas del norte más frío,

y la pregunta sigue siendo la vida

y la respuesta sigue siendo la muerte.

Y mientras, el sexo nos sacia por un momento tan leve,

con su danza de colores y una cifrada polifonía de resuellos,

que es inevitable sentir que nada es sólido,

ni siquiera el largo día de verano que inspira confianza.

A los hombres se les quiebra la voz

A los hombres se les quiebra la voz,

arañan los muros de la realidad con uñas de hiel,

besan con labios negros las almohadas de la madrugada.

 

A los hombres se les quiebra la voz,

abrazan cadáveres en las primaveras,

depositan sus ojos tristes en la melancolía de los horizontes.

 

A los hombres se les quiebra la voz,

sufren cuando recogen en sus manos

las cenizas temblorosas del último beso.

 

A los hombres se les quiebra la voz.

Será por eso que nunca me dices te quiero

No tenemos tiempo de cogernos de la mano

en estos paisajes desnudos de la evolución,

ni de cenar con velas en noches de supervivencia,

ni de acariciar la vida, cuerpo aún por describir,

como si fuéramos dueños de las circunstancias.

 

El presente es un luminoso zarpazo del amanecer,

un grito que alza el vuelo de la inmensidad

y después, solo el viento que borra todo rastro.

La vida, la muerte conviven en el mismo horizonte,

son sangre de la misma dentellada.

Ya habrá tiempo de preguntarse por la belleza,

de nombrarnos e inventar códigos,

de convertir las noches en inolvidables.

 

Ahora vivimos para vencer a la muerte,

primitiva fase del sexo,

y dominar la naturaleza a través del número.

 

El amor,

el amor vendrá mucho más tarde.