Estación amarilla

Creo recordar que de niños éramos suaves como la inocencia.

Consumimos las calles, príncipes adolescentes, hasta perder el aliento.

Una a una nuestras palabras se convirtieron en hojas de otoño,

tesoros de aquella estación amarilla que se acumulan en las líneas de las manos.

 

A veces susurro los nombres del pasado

y ellos me ignoran, vuelven la cara

como si nunca hubiéramos compartido la luz de un amanecer.

Me acerco al pensamiento flores que encierran toda una vida

y no consigo oler nada.

 

Libros apilados nacen del suelo,

letras de arena deslizan su trazo por el acantilado del olvido

y un licor amargo riega este tronco con cicatriz.

 

Miro alrededor buscando indicios de amor

y descubro en un espejo

que el tiempo no solo habita en el interior de los bosques.

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