Advertencia

Todos somos el enemigo.

Toda piel de arcilla

sufrió, alguna vez,

la derrota,

¿o es que ya no te acuerdas?

La herida del abrazo,

el progresivo abandono

de las lenguas,

la huída de unos tacones

o de unos pies descalzos,

la autopsia del pasado,

la costumbre del olvido,

la entraña de todo poema.

 

Nadie nos dijo

que este trabajo de vivir

estuviera bien pagado.

Nadie nos dijo

que toda recompensa

es siempre efímera.

La caverna

Encendieron una luz a nuestras espaldas.

Nos creímos las sombras bailando en nuestros ojos.

Posamos las manos en fríos espejos

que estremecieron lo sembrado,

que urdieron el engaño y la locura.

Perseguidos, huimos de las falsas certezas

y afirmaciones que fueron fe,

de los héroes y mitos

con barro en los pies

que la historia construyó para tranquilizarnos.

 

Y ahora estamos aquí,

en nuestras manos evitar los desequilibrios

del fino alambre de la cordura.

¿Por dónde empezamos?

No me digas tu nombre

No me digas tu nombre.

No quieras cometer ese suicidio.

Poner nombre a algo o a alguien

es abatir su anonimato,

atrapar un pájaro,

mirarnos a los ojos.

 

Pero lo hiciste y ahora tu nombre

es un número de teléfono revoloteando en el móvil,

tu nombre es ese tirano que nunca me deja pensar,

tu nombre es preguntar por su pasado de amante,

es mi vínculo con la madrugada insomne.

 

Tu nombre, ahora, me pertenece,

mi nombre, ahora, es tu nombre

al igual que tu suicidio es también el mío.

Algo parecido a Zelig

Desde este momento no responderé a mi nombre,

viviré en un mundo sin espejos, sin reflejos,

no tendré números revoloteando alrededor:

mi peso será el oro que circula por los ríos,

mi altura la de la sombra cambiante de los árboles,

mi edad, memoria de esta evolución.

Olvidaré todas las contraseñas

que hacen de mí una cifra sin rostro,

un dígito con piernas;

la talla de mis pantalones, el número

de los zapatos con los que nunca estuve aquí.

Mi vestimenta imitará la de los camaleones.

Mi identidad serán todas y ninguna a la vez.

 

La única manera de reconocerme,

el infinito deseo de mis ojos

a la espera de que alguien me nombre de nuevo

con la euforia de los descubridores.